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sábado, 3 de agosto de 2013

La visita

Desperté con una tierna sonrisa en el rostro. Lo sé, porque podía sentirla. Era uno de esos días en los que te sentís muy optimista sin motivo alguno. O quizá sí tenía motivo… ¡Voy a casarme! Thiago, mi novio, me lo propuso ayer por la noche. Habíamos ido a un restaurante de lo más fino. Vino, buena comida, y de postre, la propuesta. Fue una noche muy emocionante.

Verlo dormido, sonriente, conmigo, me llenaba de paz. Tenía el cabello corto y parado, del color del chocolate, a juego con su tez de bronce. Era de baja estatura, igual que la mía. No tenía ningún problema con ello, de hecho, me gustaba. Yo era muy pálida, y contrastaba de manera graciosa con su piel cada vez que nos tomábamos de la mano.

Creo que lo desperté cuando con mi mano comenzó a viajar absorta en su brazo izquierdo. Sus ojos miel me miraban brillosos de alegría. Permaneció quieto en todo el momento en el que le acariciaba. Sonreía, y yo no pude evitar hacer lo mismo. Ninguno de los dos habló, porque hablar sería romper aquél clima mágico que se había producido. Había visto en mi reloj despertador que eran las seis de la mañana. El sol de invierno aún no aparecía. Supe, en el fondo de mi ser y con toda la pereza del mundo, que tenía que salir de la cama. Thiago también lo sabía, por eso habló primero.

-Buenos días…- susurró.

-Buenos días.- le respondí yo con un beso.- ¿Desayunamos?-


Él asintió. Salimos de la cama casi al mismo tiempo, corriendo a buscar abrigo. Me vestí en tiempo record, unas medias largas negras, botas negras (regalo de aniversario número cinco) una camisa larga a modo de vestido, debajo de un trench blanco. Y claro, como siempre, un pañuelo. Hoy, sería el rojo. Ya estaba vestida, así que tocaba lo siguiente; desayunar. Thiago se había puesto un sweter gris, el que yo le había regalado por su cumpleaños, una camisa celeste y una corbata bordó. Además de sus pantalones de gabardina color negro, con sus zapatos marrones.


Para desayunar, un buen café con leche y tostadas. El living era amplio y cómodo. En el centro estaba la mesa cuadrada, donde entraban ocho personas. Sus sillas, a juego, claro está. Tenía una lámpara colgando sobre ella, bastante cerca. El techo era alto, por lo que la lámpara tenía un largo cable. Fue idea de Thiago, que le vamos a hacer. Detrás de la mesa, si te paras desde la puerta de mi habitación, había un gran ventanal con un sillón individual cerca, donde solía leer mis novelas románticas. El ventanal daba al pequeño balcón, donde había puesto unas cuantas macetas con plantas. Desde ahí, tenías una hermosa vista a la ciudad. A la izquierda de la mesa, estaba la puerta sobre una pared blanca. Al fondo a la izquierda, habíamos puesto un gran sofá gris oscuro de gamuza. A sus costados tenía dos mesitas donde reposaban dos lámparas más. Frente al sillón habíamos puesto una mesita de té, junto a dos sillones individuales a juego. El sillón estaba sobre una pared de ladrillo, porque me pareció un detalle muy bonito y pintoresco. El techo era de madera, y cerca de la mesa había una gran columna de madera, al igual que el piso. Eso, admito, me enamoró. Amaba la combinación de la madera con cualquier otro material. No me preguntes por qué, pero así era de chiquita.


Thiago estaba preparando la mesa con el desayuno cuando su celular vibró. Era de la oficina, por lo que pude pispear a lo lejos. Era su secretaria, Nora, una ex compañera de secundaria. No me generaba celos, porque ella era muy respetuosa. Lo cierto es que nunca lo llamaba a no ser que fuera una real emergencia. Thiago, a su pronta edad, ya tenía a cargo mucha gente. Era gerente general en una empresa de comunicaciones, así que sí, le iba muy bien. Habló con ella durante dos minutos, quién los cuenta, y colgó. Me miró preocupado, pidiéndome perdón con los ojos.

-Me llamó Nora y…- comenzó a decirme.

Yo me le acerqué, le arreglé el nudo de su corbata bordó y lo callé con un beso.

-No te preocupes, podemos empezar a hablar del tema hoy a la noche, ¿quién nos corre?- le dije sonriendo. Esta feliz, no tuve que forzarme en lo más mínimo.

Thiago me devolvió la sonrisa junto a un beso. Tomó sus llaves del auto y se fue. Por mi parte, desayuné sola, con una bandeja sobre mi sillón individual mirando hacia la ciudad. Claro que después tuve que salir corriendo de casa, pero no me arrepiento. Salí de casa, disponiéndome a caminar. Era un hermoso día, con un sol de invierno y una brisa suave. Tenía auto para ir al trabajo, pero era cerca, además no quería desperdiciar aquél día. Caminé, entonces, sonriente.

Trabajaba en una tienda de ropa, como supervisora y cajera. Cada tanto iba de vendedora, cuando amiga Lidia se ausentaba. Hice dos cuadras cuando mi celular comenzó a sonar con mi canción favorita. Era mi madre, la cual admiraba mucho. Madre soltera y joven, luchadora. Había resignado su vida social para salir a trabajar y así alimentarnos a mi hermano menor y a mí.


Hablamos un poco sobre uno de los estudios médicos que tuvo que hacerse por control, hasta que le conté la gran noticia. Se puso muy contenta, se notaba en su voz que estaba emocionada.


-Estoy tan feliz por ti, hija. Me alegro que te vayas a casar. ¡¿Cuándo será?!- 


Yo me reí, nerviosa y alegre.

-No lo sé, ma, aún no lo hemos arreglado con Thiago, ¡Apenas ayer me lo propuso!-

-Hija… creo que voy a llorar de la emoción. Te quiero mucho y te deseo lo mejor.- dijo ella.

-No llores, que empezaré a llorar yo también.- le respondí yo mientras cruzaba la calle.- Yo también te…-

No lo vi venir. Estaba cruzando la calle, despistada, y sólo pude oír el chillido de unas ruedas contra el pavimento. Voces… había voces de gente preocupada. Me dolía un poco el cuerpo, pero no ya sabía porque. Las voces se iban apagando poco a poco, el sonido de una ambulancia se quedó a lo lejos. Todo estaba oscuro, frío.

De un salto desperté en mi cama con un fuerte dolor de cabeza. La luz del sol de verano me cegaba. ¿Verano? ¿Como era posible que sea verano? Thiago no estaba en la cama y miré el reloj, pero no funcionaba. No marcaba la hora. Salí de mi cuarto. Tenía puesto un jean azul, con una simple remera púrpura de manga corta. El living estaba como siempre, con la diferencia de que había un sol que brillaba intensamente y no podía ver mi balcón a causa del reflejo. Pero ese sol no me cegaba, si no que era cálido, amable y hasta provocante. De todas formas, lo más extraño fue verla a ella sentada en una de las sillas, con una taza humeante en la mesa.


-¿Lidia?- pregunté yo.

Ella me sonrió. Era mi mejor amiga, con su moreno y ondulado pelo moreno, sus ojos chocolate, además de su reconfortante sonrisa. Vestía un vestido blanco al estilo griego, que le quedaba muy bien. Siempre fue muy bonita, pero ella no opinaba igual de sí misma. Aunque no era su estilo, y era raro que se hubiera vestido así para un día de trabajo, no dije nada.


-Hola, Diana.- me respondió ella.- Quería hacerte una visita, y tuve el atrevimiento de esperar aquí hasta que despertases. Ven, siéntate conmigo.-


Me senté en una esquina de la mesa, junto a ella. Al hacerlo, mi mano derecha comenzó a picarme muy despacio. Lo ignoré por ahora, supuse que sería por dormir en una mala posición. Miré a Lidia a los ojos.


-¿Cómo… entraste?- le pregunté.- No es que me moleste que estés aquí, eres mi mejor amiga y me encanta que vengas a visitarme, pero… si yo dormía…-

Lidia se rió.


-Thiago me abrió la puerta. Como te dije, al ver que dormías, me tomé el atrevimiento de esperarte. Ojala no te importe que haya tomado una taza de café.- contestó.

-No, para nada, eres siempre bienvenida. Pero… no entiendo.-


Ella ladeó la cabeza, borrando su sonrisa del rostro, poniéndose seria.


-¿Qué no entiendes?-


Respiré hondo antes de responder. Sospeché que Lidia iba a tratarme de loca, porque lo cierto es que era una locura.

-Creo que fue un sueño pero… fue también muy real. Soñé que iba por la calle, contándole a mi madre que me iba a casar.- hice una pausa. Recordaba que iba a casarme, pero no recordaba como lo sabía.- Todo se hizo frío y oscuro. Luego desperté, el reloj no marcaba la hora y hay un sol de verano impresionante, aunque sea invierno.-


Ella no se rió, y escuchó todo atentamente. Asintió con la cabeza, sabiendo algo que yo no.

-Seguro fue un sueño, Diana, no te preocupes. Lo del reloj… hubo un corte general de luz ayer por la madrugada, apuesto a que se ha descompuesto. Y lo de tu madre, bueno, dicen que cuando extrañas a alguien tanto, sueñas con esa persona.- luego Lidia sonrió.- ¿Así que te vas a casar? ¡Que emoción!-


 Recordar mi casamiento generó un malestar mayor en mi mano. Cuando recordé a Thiago, fue peor.

-¿Te duele la mano?- preguntó Lidia.

Yo negué con la cabeza.

-No es nada, no me duele, sólo me molesta. Es como un leve tirón.- le dije yo.- Debe ser por haber dormido en una mala posición. Por cierto… ¿Dónde está Thiago?-


-Bueno, cuando me abrió la puerta, recibió una llamada urgente. Salió corriendo, pero no me dijo a donde.-

No me sorprendió, en parte. Que tuviera una llamada urgente y saliera corriendo, bueno, era bien propio de la personalidad de Thiago, siempre responsable con su trabajo.

Hablamos entre risas durante una hora, más o menos, porque ningún reloj marcaba la hora y el sol permanecía en el mismo sitio. El tirón de mi mano se mantuvo estable, pero me preocupaba que durase tanto tiempo. Aunque había intentado disimular la molestia, fue instintivo cubrir mi mano con la otra. No pude evitar que Lidia se diera cuenta.

-¿Segura que no te molesta la mano?- me preguntó ella.

-Siento un tirón, pero no sé de que es. Por la tarde iré al médico.- le prometí.

Lidia suspiró, otra vez ocultándome algo.

-Suéltalo, Li, llevas ocultándome algo desde que llegaste.- le acusé.- ¿Qué pasa?-

Ella miró al café, todavía humeante. Me estaba comenzado a poner nerviosa.

-¡Habla de una vez!- le grité, perdiendo los estribos.

-¿Recuerdas cuando nos conocimos?- me preguntó ella. Estaba seria, y parecía triste.

-¿A qué viene eso?- le pregunté yo.- ¿Cómo podría olvidarme? Nos conocimos…-

Ambas permanecimos en silencio. Busqué por mi mente, pero no lograba recordar. Sabía que conocía a Lidia hace muchos años, pero no recordaba con exactitud. Me pregunté si a los veintiséis años aquello era normal.


-No lo recuerdas.- dijo ella, afirmando.- Sabes que nos conocimos hace mucho, pero no recuerdas cuando. Tampoco recuerdas como Thiago te propuso matrimonio, pero sí sabías que te casarías. Recuerdas que estuviste con hombres antes que él, pero ya casi no recuerdas sus rostros ni sus nombres.-


Abrí los ojos como platos. Intenté recordar lo que ella me había dicho, pero no podía. Recordaba tener un hermano menor, pero no cuando había nacido. Recordaba que había estado con Thiago mucho tiempo, pero no recordaba cuanto tiempo exacto. Lo que era extraño, porque yo siempre lo tenía presente en mí. No recordaba mi color favorito, aunque sabía que tenía uno.

-Poco a poco, te irás olvidando de todo. Primero, los detalles, como lugares donde ocurrieron las cosas, el orden de cómo sucedieron. Después olvidarás cosas importantes, como tu familia, amigos y estilo de vida. Olvidarás a quién más amas, y finalmente olvidarás quién eres.- agregó.

Yo me puse de pie.

-¿¡De qué estás hablando?!- Le grité.- ¿¡Qué me está pasando?!-

Ella esbozó una leve sonrisa.

-Lo normal, amiga.- respondió Lidia.- A todos les sucede cuando es la hora.-


La miré muy confundida.

-No entiendo a qué te estás refiriendo. Explícate Lidia, sé que sabes más de lo que estás diciendo.-

-Tú también lo sabes, Diana, pero te niegas a siquiera pensarlo. Vamos… sé que no has olvidado el accidente de hace un rato.-

-¿Qué accidente? Si desperté esta mañana…-

Caí en la cuenta mientras caía al suelo de rodillas. Destellos en mi mente me atosigaban. Recuerdos. Mis últimos recuerdos. Recordaba perfectamente estar hablando por teléfono con mi madre cuando un auto me atropelló. Podía verme en la ambulancia, dormida y ensangrentada, desde afuera de mi cuerpo. Escuchaba claramente mis agonizantes latidos.

-Me… me…- dije en estado de shock, cuando las imágenes habían cesado.

Miré a Lidia, quién asentía.

-Aún no has muerto, no del todo.- dijo ella.

Entonces la miré más confundida que nunca.

-¿No del todo?- le pregunté.

-No… hay un mortal que aún te ata a su mundo. No quiere dejarte ir, por lo que has llegado hasta aquí. Todavía no has llegado al cielo, querida.-


Ya no era Lidia, podía verlo. Sí, era ella físicamente, pero nunca fue mi mejor amiga. Era más vieja, más sabia. Supo distraerme todo este tiempo. Pero ahora ya entendía todo.

-Eres la Muerte, ¿verdad?-


-Sí, y vine a acompañarte.- dijo ella. – Al morir, todos tienen que realizar una última decisión. Pueden elegir entre ir al más allá y aventurarse a lo desconocido, o quedarse en la tierra, vagando.-

Me quedé en silencio, sin poder hablar, sentada en el suelo. El tirón de mi mano comenzaba a volverse algo insoportable y no me dejaba pensar.

-Si acaso me morí, ¿por qué me molesta la mano?- pregunté.

No tuvo que responderme, porque comprendí aquella sensación. Thiago.

-Él es el mortal del que hablabas, ¿no?-


-Sí, no puede soltarte, te amaba de corazón, y tu partida lo está atormentando. No puede aceptar que te hayas ido de su lado.- respondió tranquilamente.

-¿No se supone que estoy en todos lados?- pregunté yo, ilusa.

Lidia rió.

-No debería decirlo, pero en este preciso momento, querida, no estás en ningún lado.-

-¿Puedo verlo, una última vez?- pregunté yo.

Ella sonrió. De la taza de café, comenzó a salir mucho humo. Se había creado una pelota de humo, flotando en el mismo lugar. A través de ella, lo vi. Estaba sentado en un banco, junto a mí. Yo estaba acostada en una camilla de hospital, mientras él me sostenía la mano derecha.


-Vuelve, por favor.- le oí decir entre llantos mientras me besaba la mano. Cuando lo hizo, sentí sus labios, como si estuviera al lado mío.- Vuelve.-

Su voz se oía distante, pero yo no podía sacarme la sensación de tenerlo conmigo. Quería llorar, porque no toleraba verlo tan triste. Me puse de pie. La pelota de humo seguía mostrándome como la persona que amaba sufría. Quise borrarla de un manotazo, pero no sirvió de nada. La imagen seguía  ahí.

-No puede negar lo que sucede. Ya no. Debes decidir, Diana, si quedarte en la tierra como un fantasma, o ir al más allá.- dijo seriamente señalando la ventana, donde se veía un fondo blanco y brillante, como mirar al sol sin cegarse.

-¿Qué pasa si me quedo en la tierra?- pregunté.

Lidia suspiró.

-Serás un fantasma, que poco a poco irá olvidando quién es.-

-¿Si es tan malo, por qué lo ofreces como una alternativa?-


-Algunos prefieren no ir al más allá, por miedo a sufrir un castigo o la duda de su destino. El más allá puede ser incluso peor que ser un fantasma. Pero no se sabe, depende de cada uno. Puede que el cielo tenga mar, que sea un buen lugar para ver llegar a tu ser querido, o puede que tengas que sufrir el destierro sin él. Decide tú, que harás.-


Asentí con la cabeza, decidida.

-¿Puedes cumplirme un último deseo, antes de mi decisión?-


-Dime cual es, y yo decidiré.- respondió Lidia.

-Quiero ver su futuro.- susurré.

Lidia no respondió y mi vista se volvió negra. Ya no estaba en el living, si no que estaba parada en medio de la nada. Entonces, sin previo avisó, comenzaron a caer pequeñas imágenes sueltas, eran fotos que caían de la nada. Iban y venían. Al verlas, pude notar que era la vida de Thiago. No todo eran fotos, algunos eran retazos de papel escritos, pensamientos que tuvo a lo largo de su vida. Los primeros eran de cuando era niño, pasando de su adolescencia hasta cuando nos conocimos. Vi su miedo a mi rechazo, vi su verdadero amor hacia mí. Quería correr y abrazarlo, y al saber que no podía, rompí a llorar desconsoladamente. Su vida fue pasando de foto en foto, hasta que un papel cayó en mis manos. Era su nombre y el de otra mujer. Suspiré tranquila, sería feliz otra vez. Vi su vida pasar ante mis ojos, y no podía desearle nada mejor. Se merecía ser feliz y lo sería.


Re aparecí en el living, con Lidia a mis espaldas y la imagen de Thiago en el hospital frente a mí.

-Suelta ya mi mano. Suelta ya mi mano.- le dije con fuerza y convicción.- Suelta ya mi mano, estaré bien.-

Él pareció oírme. Confundido y con los ojos llenos de lágrimas, me soltó. Lloró como nunca antes había visto llorar a una persona. Su corazón se rompió al tiempo que el mío dejaba de latir. La imagen desapareció y yo suspiré. Temblaba. Cuando Lidia me abrazó, me sentí extrañamente aliviada. Comenzaba a sentir un extraño optimismo.

-¿Vamos?- dijo ella.

Yo asentí y caminé hasta mi ventanal, abrazada a mi mejor amiga.

Jueves

Viernes 5 de Marzo.  Eran las 7 de la mañana y el sol alumbraba mi cuarto a través de la ventana. Viernes, al fin. Trabajaba en una operadora para una empresa de móviles. Mi labor era llamar a la gente para ofrecerle productos y ofertas de la empresa, mientras que lo que recibía eran insultos y maltratos por parte de la gente ó mi jefe. No podía renunciar ya que la situación económica general no iba bien, quitándome el lujo de estar desempleada y buscar lo que me interesaba.  Por cierto, soy Luna Martínez, tengo 22 años y vivo sola en un pequeño departamento al cual mantengo gracias a un aporte de mi padre.

Desayuné un amargo café con dos tostadas de mermelada de arándanos.  Tomé una rápida ducha  y me vestí.  Me puse lo primero que encontré: una camisa de un suave amarillo,  un pantalón blanco de lino y unos zapatos de taco bajo a juego. Me maquillé con apuro, pues ya faltaba poco para que llegara el tren. Comencé a correr. Saludé con un grito al guardia del edificio y me dirigí a la estación. No eran muchas cuadras, pero ya no podía seguir perdiendo tiempo. El barrio era tranquilo, con una mezcla de colores gris y verde. Lo que me gustaba de ir al trabajo era caminar, ó correr, debajo de los árboles que me acompañaban hasta la estación del tren. La estación era pequeña y rústica. Antes de subir al andén, había bajo techo un puesto de diarios junto a la ventanilla para pagar los boletos y frente a ésta, unos escalones que subían al andén. Éste era de piedra gris, con cuatro bancos bordó puestos a lo largo bajo un techo de chapa. Delante estaba el otro andén, como un espejo, por el cual se llegaba cruzando un inmenso puente techado y bordó.

Con una milagrosa suerte, llegué a la estación justo a tiempo.  Saqué el boleto rápidamente y me tiré sobre el tren. Me senté junto a la ventana mientras me ponía mis auriculares. El vagón era todo blanco, sucio, pero blanco al fin. La gran mayoría de los asientos estaban rotos y garabateados. Algunos incluso habían perdido el felpa bordó que amortigua la dureza del banco.  Miré a través de la ventana, en plan “voy a comenzar a divagar sobre la vida” hasta que algo me llamó la atención.

Estaba de pie apoyado sobre un caño mientras sostenía un libro de estudio en sus manos. Miraba hacia los costados, con el cejo levemente fruncido, esperando. Vestía un abrigo azul y unos pantalones de corderoy marrones. Calzaba unas desgastadas  zapatillas negras, incluso una estaba hasta agujereada en un costado.  Pero eso me importaba poco, nada, nada era importante cuando vi su rostro. Tenía la capucha puesta, lo que solo dejaba ver unos rizos que bailoteaban ligeramente sobre su frente. Aún conservaba el cejo fruncido al tiempo que leía aquel libro. Tenía las facciones delicadas y una piel muy pálida. Eh, era incluso más pálido que yo, y eso, es mucho decir. No, no era un vampiro de Crepúsculo, porque no podría tener esos ojos verdes. El tren comenzó su marcha, al igual que mi mente.

Era nuevo en el barrio, yo lo sabía. Se lo notaba desencajado, inhibido y con hasta cierta timidez. ¿Cómo lo sé? Porque soy muy genial, además de que siempre he sabido leer bien a la gente. Cada tanto miraba hacia el exterior, sólo para recordarme mi vida, hacia donde me dirigía y no terminar creando una segunda realidad dónde yo acosaba a este joven. Pero no me animaba. Si fuera más guapa, si fuera más lista, si fuera especial, quizá me hubiese levantado y atravesado el vagón.

Con una mueca de tristeza fije mi vista hacia la ventana. Se acercaba el momento de bajarme del tren.  Sólo quedaba cruzar el túnel y llegaría en seguida a la estación.  Lo miré por última vez. Ya no leía su libro, que aún sostenía, si no que le pesqué mirándome de reojo. Se alarmó cuando le vi y se escondió en su libro mientras suspiraba. La luz solar se esfumó, para dar paso a la luz eléctrica del túnel. Sonreí en mi fuero interno. “Me miró” gritaba una parte de mí cuando cerré los ojos apuntando hacia la ventana. Finalmente el tren llegó a la estación. Pasé a su lado, llena de dicha, pero también llena de pena. ¿Lo volvería a ver? ¿Habrá sido la última oportunidad? “Ya es suficiente, tonta” razonó mi mente. “No te puedes enamorar a la primera, madura de una vez.”

Llegué con un nudo amargo a la oficina.  El lugar era inmenso. Todo un edificio lleno de gente con un solo propósito; molestar al cliente, perdón, ofrecerle servicios al cliente. Llegué a mi cubículo ínfimo, mi agujero negro, mi infierno terrenal. Ah, sí, apenas odio mi trabajo. Tomé mis auriculares, encendí el ordenador y comencé a interpretar mi tarea. No pasaron ni treinta minutos que ya había recibido dos insultos y ni te digo mi madre.  Ah, ¿le sumamos otro infierno al trabajo? Mi jefe me acosa. No a lo Miranda Prestly de “El diablo viste a la moda”, si no que quiere ligar conmigo. No te interesará saber las cosas que me decía, quizá sí mis ingeniosas respuestas, pero para eso tendría que contarte lo otro.

Como una desesperada condenada que espera a su libertad, miraba el reloj que sumamente despacio iba dando la hora de escape. “Clock” Es el sonido más hermoso cuando da la hora deseada. Tomé mis cosas y corrí. Bueno, no, no corrí, pero sí caminé rápido.  Ya estaba deseando volver a casa, tomarme el tren y volverle a ver.

Lunes 8 de Marzo. Me gustaría decirte que mi fin de semana fue estupendo, lleno de sol y alegría. Pues no, la verdad que no. El sábado por la noche estuve sola en mi sofá mientras miraba la tele. No dieron nada especial, sólo una de esas románticas que nadie se las cree. Lo único que logré con verla, fue sentirme deprimida, pero también ansiosa. El actor protagonista me recordaba al joven del tren. Bueno sí, ¡todo me recordaba al joven del tren! Nunca en mi vida había ansiado tanto un lunes. Claro que tenía cierto miedo, porque… ¿y si era tanta ansiedad para nada? ¿Si él no volvía a aparecer? Con el corazón acelerado salí de mi casa. Ah, lo olvidaba, me había puesto mi mejor falda y mi mejor camisa. ¿Por qué? Simple, estaba volviéndome loca.

Llegué con diez minutos de sobra a la estación. Comencé a preocuparme por lo que aquel joven me estaba haciendo. ¿Llegar temprano? ¿Querer que sea lunes? No me estaba reconociendo. Me senté en uno de los bancos de la estación a esperar. Intentaba recordar su rostro, pero cada vez me era más difícil.  A lo lejos veía llegar el tren. Aumentaba su tamaño al tiempo que aumentaba mi ritmo cardíaco. Se detuvo frente a mí. No entendí porque estaba temblando y tenía tanto miedo. Comencé a decirme los mil discursos que mi inconciente había preparado para enviarme de regreso a la realidad. Subí al vagón, porque tampoco quería perderme el tren. Pero no me fui a sentar. Estaba asustada. ¿Examino o no examino el vagón? Tampoco eso serviría demasiado, porque quizá él estuviese en otro. Me senté muy tiesa. Miré a través de la ventana mientras mi corazón se deshacía cada segundo. Cerraron las puertas y el tren zarpó de la estación.  Apoyé mi cabeza con el vidrio, desanimada.

No sé cuanto tiempo fue, ni como pasó. Abrí y cerré mis ojos y ya estaba sentado frente a mí. No llevaba ningún libro con él. Vestía una larga gabardina castaña con piel de animal alrededor del cuello. Tenía los brazos cruzados, abrazándose por el frío. Debajo llevaba unos jeans y las mismas zapatillas gastadas del viernes. Me imitó y apoyó su cabeza en el cristal. Cerró los ojos, bostezó y empañó el cristal. Quería llorar. Era tan tierno, se le veía tan sencillo, frágil. Tenía ganas de buscarle una manta y taparle, abrigarle. Y muchas otras cosas más, claro, pero tampoco nos vayamos tanto de las ramas. Por un lado estaba furiosa, me había puesto por él mi falda más bonita ¡Y no ha dicho nada! Gritaba en mi fuero interno, gritaba las cosas que deseaba decirle, pero entre nosotros solo había un vaivén del silencio. Sin embargo estaba feliz, volví a verlo. Ya no me importaba nada más, había ganado la certeza de que  nos veríamos de nuevo en aquel tren cada mañana.

Así fueron pasando los días. Como lo predije, nos encontrábamos cada mañana en el tren. Cada día me mataba por intentar vestirme mejor, pero nunca antes había tenido motivo. Desde que le vi, mi vida comenzó a dar un giro inesperado. Había estado buscando trabajo hace tiempo, y hoy, Miércoles 10 de marzo, me llamaron para una entrevista. Me abrazaría al diablo sin dudar, porque sabía que no era coincidencia. Él me cambiaría la vida. Sí, es verdad, aún no nos hablamos, pero sé que tarde o temprano se animará a hacerlo. Nunca me hubiese imaginado que fuera a suceder aquella mañana.

Estábamos sentados frente a frente, como siempre, en silencio. Aún quedaba tiempo antes de llegar a mi estación. Estaba escuchando mi canción favorita cuando vi que sus labios se movían al tiempo que me miraba con esos ojos verdes. Por cierto, vestía una camisa a cuadros con distintos colores, muy mona, y unos jeans negros que se ajustaban a sus piernas.

Cómo una loca, me quité los auriculares y, no exagero, poco me faltó para tirarlos lejos. ¡Momento! Tengo que hablarle, tengo que responderle algo. Algo coherente e interesante.

-¿Disculpa?- le pregunté tartamudeando.

Bien. Se irá corriendo dentro de poco.

Sonrió y creí que iba a perder mi corazón.

-Dije… que… ¿cómo era tu nombre?- dijo también nervioso.

Tardé dos segundos en pensar quien era, porque aún  no podía creer que me estuviera hablando.

-Luna… soy Luna. ¿Y tú?-

-Soy Harry.- respondió él.

Comenzamos a hablar. ¿De qué? De todo. Quién era, de donde venía, a donde iba… yo por mi parte le conté absolutamente todo. Seguro que ahora piensa que chica más tonta. Me quiero morir. De todas formas lo disimulaba muy bien. Cuando le conté sobre mi entrevista de mañana, me dijo incluso como llegar.

-Mira, aquí tengo una guía.- dijo mientras sacaba un libro muy pequeño de su bolsillo. – Según esto, puedes llegar de dos maneras. Con el directo o con este tren, pero tardarías más.-

¿Y? ¿Eso qué? No pienso tomarme el directo sólo para llegar más rápido a una entrevista de trabajo. Claro que no, ¿perderme de verlo? Ni de lejos.

-Lo pensaré, gracias por la información.-

Al bajar del tren me sentía Dios.  Caminé, corrí, volé a la oficina. Tenía una sonrisa de punta a punta. Harry, su nombre era Harry y me había hablado. No me importaba nada, ni los insultos, ni los acosos de mi jefe. Mañana le pediré su número del móvil.

Así fue. Jueves 11 de Marzo, estaba sentada en el vagón con Harry a mi lado. Nos mirábamos el uno al otro, y no podíamos dejar de hablar o contemplarnos.

-¿Sabes? Quiero confesarte algo.- me dijo mientras nos acercábamos al túnel.

-Dime.- le dije yo tan valientemente.

-Aún no te conocía, pero te echaba de menos. ¿Podrías explicarme eso?-

No respondí, porque sabía de lo que hablaba. Nos tomamos la mano.

-Hay cosas que uno no puede explicar. ¿Tú podrías explicarme cómo es que mi vida ha cambiado tan para bien desde que te conocí? ¿Cómo es que mi vida dejó de ser gris?- le dije yo.

Cuando llegamos al túnel y nos despedimos la luz del sol, nos besamos. Mi corazón latía fuerte. Estaba absorta. Sólo éramos Harry y yo, nadie más. No sentía nada, no escuchaba nada. Bueno, creo que escuché… ¿Una explosión? ¿Un grito de una mujer? No lo sé. Sólo éramos Harry y yo. No escuchaba nada. No había nada.